Santander es una ciudad hecha a sí misma. En dos ocasiones quedó prácticamente destruida, una tras la explosión del vapor "Cabo Machichaco" en 1893 y una segunda vez con el incendio que calcinó media ciudad en 1941 ayudado por el viento sur. Pero por nuestra orografía y clima, los cántabros somos gentes acostumbradas a bregar. Reconstruimos la ciudad una vez más, ganando terreno como otras tantas veces, puesto que gran parte del paseo marítimo santanderino es robado al mar.
La escena que os dejo hoy es precisamente de esa parte que aún vuela sobre la bahía, visitable sólo cuando el mar se retira a descansar para otra acometida, en su baile sin fin. Los soportales que sustentan una vida dura, empapada pero feliz de unos santanderinos hechos a sí mismos contra vientos y marea.

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